El extraño caso de Mauro, el gato tuerto (Parte 1)

Ilustración vintage de Mauro, un gato negro de fieltro con un solo ojo tornasolado y capa de vampiro, asomándose por una ventana durante una noche de luna llena.

Los secretos de la casa

En una tranquila calle de la ciudad se levantaba una casa construida en los años sesenta. A simple vista, nada la distinguía de las demás, salvo por sus amplias ventanas y la peculiar distribución de sus habitaciones.

Su propietario, Don Gustavo, era arquitecto y profesor de historia del arte. Había diseñado personalmente aquella casa y conocía cada muro, cada ventana y cada centímetro de sus pasillos. O al menos eso creía.

Era un hombre de costumbres precisas, observador y poco amigo de las explicaciones innecesarias. Siempre vestía camisa a cuadros y llevaba unos característicos espejuelos de cristales verdes. Tenía la costumbre de llevarse una mano al costado de la montura y echar la cabeza hacia atrás en un movimiento rápido.

Sin embargo, nunca consiguió comprender del todo a su esposa, que llevaba por nombre Noche. Ella era una mujer reservada, misteriosa, traviesa y alegre; parecía disfrutar especialmente de aquellas situaciones en las que su marido, tan acostumbrado a encontrar explicaciones para todo, terminaba completamente desconcertado.

Una de sus travesuras favoritas era esconderse detrás de las cortinas, dejando un par de zapatos asomando por debajo de alguna de ellas. Don Gustavo, convencido de haberla descubierto, se acercaba sigilosamente y apartaba la tela, solo para encontrarse con aquellos zapatos abandonados. Entonces, desde algún rincón de la casa, se escuchaba la risa juguetona de Noche, seguida de unos pasos apresurados que se perdían por los pasillos.

Don Gustavo jamás comprendió cómo aquella mujer conseguía desaparecer de esa manera dentro de una casa cuyos planos había dibujado con sus propias manos.

Noche había fallecido algunos años atrás. Desde entonces, la casa permanecía prácticamente igual, aunque su antigua salita de costura, diseñada especialmente para ella, había ido quedando vacía. Apenas conservaba una mesita, algunas repisas y un viejo costurero.

Don Gustavo rara vez entraba allí. No le gustaba reconocerlo, pero aquella habitación tenía una manera particular de recordarle las ausencias.


Justo una semana antes de Halloween comenzaron a suceder cosas fuera de lo común en aquella casa.

Todo empezó con una nota de piano que interrumpió una noche la lectura de Don Gustavo. El sonido, claro y prolongado, pareció extenderse por las habitaciones antes de extinguirse lentamente. Don Gustavo levantó la vista del libro y permaneció escuchando. El piano llevaba años sin utilizarse y, sin embargo, estaba seguro de haber oído una de sus teclas.

Al día siguiente escuchó pasos subiendo la escalera. Eran pausados, como si alguien subiera sin ninguna prisa. Salió al pasillo y, justo cuando se disponía a investigar, los pasos cesaron. Revisó cada habitación del segundo piso sin encontrar nada fuera de lugar.

Aquella misma noche llegaron unos susurros. Provenían de la cocina y parecían pertenecer a dos personas que conversaban en voz baja. Don Gustavo permaneció inmóvil, tratando de comprender lo que decían, pero las palabras se mezclaban en un murmullo indescifrable. Cuando finalmente decidió investigar, las voces cesaron. La cocina estaba vacía, con las ventanas cerradas y todo en perfecto orden.

La tercera noche, mientras apagaba las luces, una sombra cruzó el pasillo. No fue más que un instante, pero Don Gustavo habría jurado que aquella figura se detuvo brevemente antes de desaparecer. Volvió a encender la lámpara y examinó las paredes. Había dedicado buena parte de su vida a estudiar espacios, proporciones y efectos de iluminación. Sabía perfectamente que una sombra podía engañar a cualquiera.

Lo que no conseguía explicar era por qué aquella parecía haberlo estado observando.


Dos días después, un golpe seco procedente de la salita de costura interrumpió el silencio de la casa.

Don Gustavo se acercó a la puerta y escuchó un leve ruido, semejante al roce de unas uñas contra la madera. Al abrir, encontró un pequeño gato negro de fieltro sentado sobre la mesa. En el suelo, junto a ella, había un carrete de hilo que parecía haber caído momentos antes.

La criatura tenía un solo ojo tornasolado y llevaba una diminuta capa de vampiro, negra por fuera y roja por dentro. Unas puntadas violetas recorrían el contorno de su cuerpo, mientras unos bigotes de hilo cobrizo sobresalían a ambos lados de su pequeña nariz rosada.

Don Gustavo se llevó una mano al costado de los espejuelos y echó la cabeza hacia atrás.

—¡Lo que faltaba! Un gato tuerto y disfrazado de vampiro. ¡Bonita combinación!

El gato giró lentamente la cabeza. Su único ojo reflejó la luz que entraba desde el pasillo.

—No soy un gato cualquiera. Para ti soy Mauro.

Don Gustavo permaneció inmóvil.

—¿Cómo que «para ti», gato igualado? ¿Quién te autorizó a hablarme de tú?

Mauro lo observó sin responder, con una serenidad que resultaba casi ofensiva.

¿Qué me pasa? ¿Ahora hablo con un gato maltrecho de fieltro?

Don Gustavo se acercó para examinarlo. Las pequeñas puntadas de sus orejas y los bigotes de hilo le resultaron extrañamente familiares. Había algo en aquellas costuras que le recordaba las labores de Noche.

El gato levantó la cabeza con una expresión de absoluta superioridad.

Don Gustavo decidió que había tenido suficiente por aquella tarde. Salió de la habitación y cerró la puerta con firmeza. Un instante después escuchó algo caer al suelo.

No regresó.

Ilustración vintage de Don Gustavo observando a Mauro, un gato negro de fieltro con capa de vampiro, sobre una mesita en una antigua salita de costura.

Aquella noche, cuando estaba a punto de acostarse, escuchó nuevamente pasos en la escalera. Esta vez se detuvieron frente a su habitación. Abrió la puerta y recorrió el pasillo, pero no encontró a nadie.

Entonces escuchó una risa de mujer. Fue breve, juguetona, casi infantil, pero bastó para que sintiera un escalofrío.

Conocía aquella risa.

Antes de que pudiera reaccionar, una puerta se cerró violentamente al fondo del pasillo. El golpe retumbó por toda la casa y, durante unos instantes, el eco pareció permanecer suspendido entre las paredes.

Don Gustavo revisó las habitaciones y comprobó que todas las ventanas estaban cerradas. No encontró nada que explicara los pasos, la risa ni aquel portazo.

Cuando regresó a su dormitorio, Mauro estaba sentado sobre su cama.

Don Gustavo se detuvo en el umbral.

—¡Pero qué clase de atrevimiento es este! ¡Ahora resulta que el gato tuerto también es dueño de mi cama!

Mauro lo observó con su único ojo tornasolado, sin mostrar la menor intención de moverse.

Don Gustavo miró hacia el pasillo y después hacia la cama. No entendía cómo aquella criatura había entrado en su habitación sin cruzarse con él. Por primera vez en muchos años, decidió dormir con la lámpara encendida.


Los sucesos continuaron.

Una noche, mientras Don Gustavo leía, la luz se apagó repentinamente. Se levantó para investigar y volvió a encenderse. Regresó a su sillón, abrió el libro y apenas había comenzado a leer cuando la habitación quedó nuevamente a oscuras.

Don Gustavo se puso de pie.

La luz volvió a encenderse.

—¡Esto ya es el colmo!

Entonces sintió que alguien le tocaba el hombro. Se volvió bruscamente, pero no encontró a nadie. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con la desagradable sensación de que todavía había alguien detrás de él.

Salió al pasillo dispuesto a descubrir al responsable y fue entonces cuando vio algo que lo obligó a detenerse.

Debajo de una cortina asomaba un par de zapatos. Los reconoció inmediatamente: eran los de Noche.

Se acercó lentamente. Por un instante le pareció escuchar un movimiento al otro lado de la tela, como si alguien intentara contener la respiración. Extendió una mano y apartó la cortina.

No había nadie.

Solo los zapatos.

Desde el extremo opuesto del pasillo surgió aquella risa juguetona, seguida de unos pasos que se alejaban apresuradamente.

—¿Noche?

El silencio fue la única respuesta.

Don Gustavo permaneció inmóvil, mirando hacia el lugar de donde habían provenido los pasos. Cuando volvió a observar la cortina, los zapatos habían desaparecido.

Un ligero golpeteo detrás de él lo hizo volverse. Mauro estaba sentado al fondo del pasillo.

—¡Deja de seguirme!

El gato inclinó ligeramente la cabeza.

Don Gustavo comenzaba a sospechar que aquella criatura sabía mucho más de lo que estaba dispuesta a contar.


La víspera de Halloween, un estrépito volvió a sacudir la salita de costura.

Don Gustavo encontró un portarretratos antiguo en el suelo. Había caído de una repisa alta, aunque el cristal permanecía intacto.

Mauro estaba sentado junto a él.

—¡Por supuesto! ¿Quién más iba a ser?

Recogió el marco y examinó la fotografía. Mostraba la salita de costura tal como había sido muchos años atrás. Reconoció las cortinas, la ventana y algunos muebles que ya no estaban allí. Sin embargo, había algo que le produjo una inquietud difícil de explicar.

Al fondo de la habitación aparecía una puerta entreabierta.

Don Gustavo no reconocía aquella puerta. Nunca había existido.

Acercó la fotografía a la luz y observó aquella abertura. La oscuridad detrás de la puerta parecía demasiado profunda, como si no perteneciera a la habitación fotografiada. Por un instante creyó distinguir un movimiento en su interior.

Parpadeó y volvió a mirar. La abertura permanecía oscura e inmóvil.

Aquella puerta no podía estar allí. Don Gustavo buscó los planos originales de la casa y los extendió sobre una mesa. Revisó la distribución de la salita de costura, las medidas de sus muros y la ubicación de las ventanas. No había ninguna puerta en aquella pared.

Volvió a mirar la fotografía.

La puerta seguía allí.

Y Mauro estaba sentado frente al portarretratos, observándolo en silencio.

Don Gustavo recogió los planos y dejó la fotografía sobre la mesa de la sala, lejos del alcance del gato.

O eso creyó.


Ya entrada la noche, encontró a Mauro profundamente dormido sobre un cojín. Aprovechó para examinarlo y descubrió que la diminuta capa, cuidadosamente confeccionada, tenía un bolsillo casi oculto entre las costuras.

Algo brillaba en su interior.

Introdujo dos dedos y extrajo una pequeña llave que desprendía destellos violetas. Apenas consiguió sostenerla, Mauro abrió su único ojo y, con un movimiento sorprendentemente rápido, le arrebató la llave y salió disparado.

—¡Mauro! ¡Dame esa llave!

El gato atravesó el pasillo y llegó a la sala antes que él. Se detuvo frente al portarretratos, mientras Don Gustavo aparecía detrás, sin aliento y bastante molesto.

Entonces ocurrió algo imposible.

La puerta de la fotografía comenzó a adquirir profundidad. Lo que hasta aquel momento había sido una imagen plana parecía hundirse lentamente hacia el interior del marco, revelando un espacio oscuro que no guardaba proporción alguna con la habitación.

Mauro giró su cabeza y miró a Don Gustavo. Por un instante, el arquitecto habría jurado que el gato sonreía. Después introdujo la llave en una cerradura diminuta que acababa de aparecer en aquella puerta.

Se escuchó un clic.

Las cortinas de la sala se cerraron violentamente. Las luces se apagaron y el viejo reloj dejó escapar una campanada a deshora.

Don Gustavo sintió que un viento frío comenzaba a girar a su alrededor, envolviendo todo cuanto encontraba a su paso. Los muebles temblaban, las paredes crujían y la habitación entera parecía dar vueltas a una velocidad cada vez mayor.

Intentó sujetarse al borde de una mesa, pero el suelo tembló bajo sus pies. La fotografía permanecía inmóvil en medio de aquel desorden.

Y desde aquella oscuridad llegó un murmullo.

Era una voz de mujer. Una voz que conocía demasiado bien.

—Gustavo…

Continuará…

Sigue leyendo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *